El autor se arroga, no sin ironía, el papel de director espiritual de una mujer angustiada por escrúpulos religiosos, pero en vez de aconsejarle la sumisión y la fe, le fomenta la autonomía moral. Le aconseja que lea, que reflexione, que aplique sobre todo el bisturí de la razón a los conceptos que le han sido imbuidos desde la infancia y que nunca ha puesto en discusión.