Alguna vez lo habrás vivido: al escuchar una frase, sus palabras, al igual que un láser mudo y afilado, rasgan tus venas y se adentran en ellas, para luego volver a cerrarlas e insertarse en la sangre, fluyendo sin parar de la cabeza al corazón. En lugar de una frase, puede que sea una persona: la conoces y decide residir en tu corazón. O tal vez te haya sucedido algo inesperado, como haber estudiado Bellas Artes y acabar trabajando en una gasolinera; y, para que la estancia se haga más leve, comienzas a construir tus propias realidades.